Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón En efecto, consumimos nuestra segunda ración de carne y agua y volvimos a callar hasta que uno de nosotros sugirió el acercarse a la puerta y gritar a voz en cuello, por si la suerte deparaba, alguien que le oyese. Enseguida Good, que, acostumbrado al mando de las maniobras en los barcos, poseía una voz estentórea, puso en práctica la tan pobre tentativa, yendo al pasillo en donde dando desaforadas voces armó un ruido de mil demonios. Nunca oí más tremendos gritos; pero para el resultado que obtuvieron fueron lo mismo que el zumbido de las alas de un mosquito.
Al cabo de un rato dejó quieta la laringe y, abandonando la empresa, regresó a nuestro lado en busca de agua para humedecerse la garganta. Esto nos disuadió de proseguir una experiencia que conspiraba contra nuestra corta reserva de agua.
Por consiguiente, ocupamos nuestros asientos al lado de las cajas de los inútiles diamantes, sumiéndonos de nuevo en aquella espantosa inacción, uno de los más crueles tormentos que pesaban sobre nosotros; y, debo confesarlo, por mi parte, me entregué a la mayor desesperación. Dejé caer la cabeza sobre el ancho hombro de sir Enrique y di rienda suelta a mi llanto; también a Good, a lo menos si el oído no me engañó, se le hacían nudos en la garganta, al lado opuesto, al par que renegaba furioso de su propia debilidad.