Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Viajando descansadamente, al anochecer del cuarto día nos hallamos por segunda vez en la cumbre de las montañas, límite de Kukuana, unas veinticinco millas al Norte del Sheba, y nuestros ojos descubrieron la arenosa superficie del dilatado desierto.
Al amanecer del día siguiente nos guiaron al arranque de un precipitoso descenso, por el cual debíamos bajar dos mil y más pies para ganar la estéril llanura.
Allí nos despedimos de aquel leal amigo, del viejo y esforzado guerrero, de Infadús, quien con aguados ojos y conmovido acento nos deseó todo género de bienandanzas.
—Nunca, mis señores, tornaré a ver otros semejantes a vosotros. ¡Ah! Incubu, ¡qué manera de batallar! ¡cómo en la pelea tendía a los hombres a sus pies! ¡Ah, qué tajo, qué tajo formidable aquel con que hiciste rodar por el polvo, la cabeza de mi hermano Twala! ¡Fue hermoso… admirable! No espero ver otra igual, excepto, tal vez, en mis felices sueños.