Las Minas del Rey salomón

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—Señor Quatermain —dijo el primero— soy bastante rico y estoy resuelto a realizar mi proyecto. Señale la suma, cualquiera que sea, que usted estime razonable como remuneración de sus servicios, y le será entregada antes de que partamos. Aún más, antes de que comencemos nuestro viaje, tomará todas las medidas oportunas para que, en caso que alguna desgracia ocurra a todos, o solamente a usted, su hijo tenga convenientemente asegurado su porvenir. Por esto bien comprenderá cuan necesaria juzgo su presencia. Además, si por un acaso llegamos a aquel lugar y encontramos los diamantes, se dividirán por partes iguales entre usted y Good. Yo no los quiero. Esta probabilidad no es de tenerse en cuenta, pero la misma condición se aplicará a todo el marfil que podamos recoger. Ahora toca a usted, señor Quatermain, manifestarme cuáles son sus condiciones, debiendo advertirle que, por supuesto, todos los gastos corren de mi cuenta.

—Sir Enrique, su oferta es la más generosa que en toda la vida se me ha hecho, y una que no puede despreciarse por un pobre cazador y traficante como yo, pero la empresa es no menos aventurada y peligrosa, así, le suplico me deje pensarlo despacio. Antes que lleguemos a Durbán daré a usted mi contestación.

—Muy bien —respondiome, y dándoles las buenas noches, fuime a dormir y a soñar con los diamantes y con el pobre Silvestre, muerto hacía tan largo tiempo.


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