Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Una tarde, después de una larga jornada, llegamos a un lugar delicioso. Bordeaba la base de una colina cubierta de arbustos, el lecho seco de un río, en el que se veían algunas pozas de agua cristalina, cuyas orillas estaban removidas por recientes pisadas de animales. Frente a la colina encontrábase una llanura semejante a un parque, en donde alternaban con montecillos de mimosas las hojas lustrosas de algunos machabelles, mientras que, abarcándolo todo, dilatábase en derredor cual ancho mar, el espeso y silencioso arbusto.
Dirigímosnos al exhausto cauce, y al poner nuestros pies sobre su lecho, hicimos partir, en repentina y precipitada fuga, una manada de jirafas, que con sus colas levantadas y extraña manera de correr, más que galopar, parecían navegar por aquel océano de verdura, acompañadas por el castañeteo de sus rápidas pisadas. Estaban a trescientas varas de nosotros, por consiguiente fuera de tiro; pero Good, que marchaba a la cabeza con su arma cargada, no pudo contenerse, y apenas apuntando, hizo fuego sobre la más rezagada de la partida, la que, por un azar inexplicable, herida en el cuello y dando una voltereta como un conejo, fue a rodar por el suelo con las vértebras cervicales destrozadas. Nunca había, visto cosa más curiosa.