Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Good de un salto se puso en pie, ansioso de hacer rodar una nueva pieza, creyendo tal vez, que matar un elefante era cosa tan fácil como lo habÃa sido para él concluir con una jirafa, pero yo le cogà por un brazo y le hice sentar, diciéndole:
—Cuidado con lo que hace usted, deje que se vayan.
—Paréceme que estamos en un paraÃso de caza. Propongo nos detengamos aquà un dÃa o dos y veamos cómo andan nuestras armas —dijo sir Enrique.
Quedé completamente sorprendido al oÃr esto, porque hasta aquel momento, sir Enrique sólo pensaba en acelerar nuestra marcha, especialmente desde Inyati, en donde nos cercioramos que hacÃa cosa de dos años, un inglés llamado Neville, habÃa vendido su carro y continuado a pie su viaje hacia el interior; pero creo que sus instintos de cazador se apoderaron completamente de él.
Good casi saltó de contento, ardÃa en deseos de probar su punterÃa en aquellos elefantes, y, hablando en plata, lo mismo hice yo, porque remordÃa a mi conciencia dejar que tan hermosa manada escapase ilesa, cuando tan cerca estaba de la boca de mi rifle.
—Perfectamente —dije— creo que no nos vendrá mal ese pequeño recreo, y ahora durmamos pues para el alba debe estar en camino, si queremos sorprenderlos pastando antes de que emprendan sus correrÃas.