Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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—Ya usted ve, pesan tan poco —me había dicho con un aire inocente al expresarle mi sorpresa por tal cosa— además, me gusta parecer siempre un caballero.

Como iba diciendo, estábamos todos sentados, conversando a la luz hermosísima de la luna, y a la par observando a los kafires, que a corta distancia de nosotros fumaban su embriagadora «dacha» en pipas con boquillas de cuerno de antílope, hasta que uno a uno, envolviéndose en sus mantas, fueron quedándose dormidos al amor de la lumbre; pero no todos en realidad, pues Umbopa, quien según había observado no se mezclaba mucho con los demás, estaba sentado aparte, con la barba apoyada en la mano, y al parecer profundamente pensativo.

De pronto, un poderoso rugido partió del fondo del tupido monte que estaba a nuestras espaldas.

—¡Ese es un león! —exclamé yo, y todos nos pusimos a escuchar. Pero casi no había terminado mis palabras, cuando hacia la charca, que como dije distaba unas cien varas de nosotros, resonó el estridente trompeteo de un elefante.

—«¡Unkungunklovo! ¡Unkungunklovo!» (¡elefante! ¡elefante!) —murmuraron los kafires, y a los pocos minutos vimos una serie de bultos enormes y obscuros, que lentamente se alejaban de aquel lugar.


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