Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Entonces comprendimos lo que era. Tendidos sobre la hierba, completamente muertos, teníamos a nuestros pies un antílope negro, el más hermoso de los antílopes africanos, y clavado en sus largos y corvos cuernos, un magnífico león de negra melena. Evidentemente, aquel antílope bajó a la charca para beber y el león, sin duda el mismo que antes oímos, allí en acecho, de un salto se había abalanzado sobre el citado animal mientras bebía, el que, recibiéndolo sobre sus agudas defensas, lo traspasó de parte a parte. Ya en otra ocasión había presenciado una cosa igual. El león, no pudiendo desprenderse de ellas, destrozó con sus poderosas mandíbulas y garras la espalda y cerviz de su intentada presa, la que, aterrorizada por el miedo y el dolor, había pugnado por escapar hasta que cayó muerta.
Tan pronto como hubimos examinado suficientemente los cadáveres de aquellos animales, llamamos a los kafires y entre todos los arrastramos al «scherm», y volvimos a nuestras camas para despertar con los primeros albores de la mañana.