Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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Al asomar el día, estábamos ya de pie y haciendo los últimos preparativos para nuestra excursión. Nos armamos con los tres rifles de a ocho, y una buena provisión de cartuchos, llenamos nuestras grandes cantimploras con té frío y claro, que siempre me ha parecido la mejor bebida, y, después de tomar un almuerzo ligero, partimos acompañados por Umbopa, Khiva y Ventvögel, ordenando a los tres kafires que quitasen las pieles al león y antílope, y descuartizaran al último.

Nada difícil nos fue ponernos sobre la pista de los elefantes, que Ventvögel, después de examinarla, declaró formada por una partida de veinte a treinta, y en su mayoría, completamente desarrollados. Mas la manada se había alejado durante la noche, y eran ya las nueve y el sol calentaba demasiado, antes que los árboles desgajados, las hojas pisoteadas, las cortezas arrancadas, y el humeante estiércol, nos delataran su ya no lejana aparición.

En efecto, a los pocos momentos descubrimos la manada, que contaba, como Ventvögel calculó, de veinte a treinta cabezas, descansando tranquilamente en una hondonada y espantándose las moscas con sus disformes orejas. Era espléndido espectáculo el que ofrecían a nuestra vista aquellos gigantescos cuadrúpedos.


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