Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Unas doscientas yardas los separaban de nosotros: cogà un puñado de hierba seca y la tiré hacia arriba para conocer por donde soplaba el aire, pues si nos llegaban a husmear, se pondrÃan fuera de nuestro alcance antes de que tuviéramos tiempo de enviarles una bala; el viento, si es que habÃa alguno, parecÃa venir desde los elefantes hacia nosotros; cerciorado de esto, nos echamos al suelo, y cubiertos por los arbustos, nos arrastramos sigilosamente hasta llegar a cuarenta varas de ellos sin producirles la menor alarma.
Precisamente quedaron delante de nosotros, presentándonos sus costados, tres brutos colosales, uno de ellos con enormes colmillos. Advertà muy quedo a mis compañeros que elegÃa el del centro; sir Enrique cubrió con su arma el de la izquierda, y Good el de la derecha, que era el de las grandes defensas.
—¡Ahora! —murmuré.