Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Mientras Good se ocupaba de disponer nuestro pequeño campamento, sir Enrique me acompañó hasta la cima de la colina, desde donde contemplamos el desierto. La atmósfera estaba muy pura, y lejos, perdiéndose en el horizonte, pude distinguir las casi desvanecidas y azuladas siluetas de las cimas de las montañas de Sulimán, que aquí y allá la nieve emblanquecía.
—Ved la muralla que guarda las minas de Salomón. Dios sólo sabe si llegaremos hasta ella.
—Mi hermano debe estar allí, y si así es, yo me reuniré con él —dijo sir Enrique con ese tono de tranquila confianza que caracteriza al hombre resuelto.
—Dios lo quiera —repuse— y volviéndome, para regresar a nuestro campamento, vi que no estábamos solos. A nuestras espaldas, el arrogante Umbopa también miraba con marcada ansiedad hacia las apartadas montañas.
El zulú, al percibir que yo lo había visto, dijo, dirigiéndose a sir Enrique, al mismo tiempo que tendía su ancha azagaya hacia ellos:
—¿Es a esa tierra a donde tú caminas, Incubu? (palabra nativa que significa elefante, y era el nombre dado a sir Enrique por los kafires).