Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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Preguntele, con acento severo, cómo se atrevía a hablar a su amo de una manera tan familiar. Santo y bueno que los nativos nos bauticen con nombres a su capricho, pero nada decente es, que vengan a lanzárnoslos al rostro, llamándonos con sus bárbaros apelativos. El zulú sonrió tranquilamente, lo que me llenó de cólera.

—¿Cómo sabes tú que yo no soy igual al Inkosi a quien sirvo? No dudo que es de sangre real, eso se ve en su tamaño y en sus ojos, y ¿no podría ocurrir que yo lo fuese también? a lo menos mi estatura no es menor que la suya. Habla por mí, ¡Oh, Macumazahn! y repite mis palabras al Inkosi Incubu, mi dueño, porque quiero hablar con él y contigo.

Estaba encolerizado, nunca un kafir me había hablado de semejante manera; pero sus expresiones me causaron alguna impresión y tenía mucha curiosidad por saber lo que iba a decir; así es que, conteniéndome, traduje su pregunta añadiendo al mismo tiempo que aquel nativo era un atrevido y debía ponerse coto a su impertinente charlatanería.

—Sí, Umbopa, camino hacia ella —contestó sir Enrique.


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