Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Continuó la joven soplando y soplando inútilmente, en tanto se preguntaba cómo habría podido olvidar aquel arte en ella innato, cuando de pronto notó cierto temblor que agitaba el follaje de la hiedra que revestía las tapias del jardín y las paredes del gallinero. Miró hacia allí Tess y pudo ver una figura que saltaba de entre la hojarasca al despejado césped. Era Alec d’Urberville, a quien la joven no había visto desde el día de su llegada a la casa, en que él la condujo a su alojamiento.

—¡A fe mía —exclamó el joven—, que ni la naturaleza ni el arte han visto nunca hermosura comparable a la suya, prima Tess! —Lo de«prima» lo dijo con un ligero retintín de burla—. He estado mirándola a usted por encima de la tapia, sentada ahí como la Impaciencia en un monumento[30], frunciendo esa boquita roja para silbar, sopla que te sopla y renegando bajito sin poder sacar una nota en claro. ¡Vamos, no me niegue usted que está enfadada por no poder hacerlo!

—Enfadada quizá lo esté, pero no he renegado.

—¡Ah, ya sé por qué se tomaba usted tanto trabajo!… ¡Esos pinzones! Mi madre quiere que usted continúe su educación musical. ¡Qué egoísmo el suyo! ¡Como si el cuidar de esos condenados gallos y gallinas no fuese ya bastante trabajo para una muchacha! Yo que usted le hubiera dicho rotundamente que no.


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