Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—Pero ella quiere que yo me encargue a todo trance de eso y que empiece mañana mismo, por la mañana.

—¿Sí? Pues entonces le daré un par de lecciones.

—¡No, usted no! —exclamó Tess retirándose hacia la puerta.

—¡Pero qué tontería! Si no voy ni a tocarla. Mire, yo me pongo a este lado de la tela metálica y usted al otro; de esa forma creo que estará segura. Ahora fíjese bien; pone usted los labios demasiado rígidos. Vamos a ver…, así, muy bien.

Y uniendo la acción a la palabra, silbó un verso de «Quita, quita allá esos labios[31]». Pero la alusión quedó perdida para Tess.

—Ahora usted —dijo d’Urberville.

Intentó la joven mostrarse reservada, asumiendo su rostro una escultórica severidad. Pero él persistió en su demanda y Tess, al fin, por deshacerse de él, puso los labios como él decía, con el fin de producir una nota clara, pero luego se echó a reír, desalentada, ruborizándose enseguida por haberse reído.

Él la animó diciéndole:

—Pruebe usted otra vez.


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