Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Tess puso una cara muy seria, dolorosamente seria, y probó… Por fin e inesperadamente lanzó un sonido claro. El placer momentáneo del éxito la llenó de alegrÃa, se le dilataron los ojos y no pudo reprimir una sonrisa.
—¡Ea, magnÃfico! ¡Ahora la he iniciado! Seguirá muy bien. Le di palabra de no acercarme a usted, y a pesar de una tentación como nunca ha asaltado a un hombre mortal, he resistido… Tess, dÃgame, ¿no le parece a usted que mi madre es una pobre vieja un poco rara?
—Hasta ahora apenas la conozco, señor.
—Ya la irá usted encontrando asÃ. No hay más que fijarse en esta manÃa suya de que les enseñe usted a silbar a los pinzones. Conmigo está ahora un poco disgustada, pero usted puede granjearse sus simpatÃas, cuidando bien de sus bichos. Y ahora, adiós, Tess. Si encuentra usted alguna dificultad y necesita ayuda, no recurra usted al mayordomo, sino a mÃ.