Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Fue en la economía de ese régimen donde Tess Durbeyfield se propuso ocupar un lugar. Sus experiencias de los primeros días no fueron más que anticipo de las que siguieron después. Cierta familiaridad con la presencia de Alec d’Urberville, que el joven cultivaba hábilmente empleando un lenguaje jocoso y llamándola un poco en broma «prima» cuando no había nadie delante, disipó en la joven parte de su miedo, pero no llegó a engendrar en ella otro sentimiento de índole más tierna. Pero era más flexible en manos de él de lo que habría sido en otra compañía, debido a que ella dependía inevitablemente de la madre de él, y, por la relativa incapacidad de la señora, de él mismo.

Luego que hubo recobrado su habilidad para silbar, encontró menos molesta la tarea de silbarles a los pinzones en la habitación de la señora d’Urberville. Tenía la joven un extenso repertorio de tonadas y canciones que su madre le enseñara cuando niña y que resultaban apropiadas para educar a los canoros pajarillos. Y mucho más que practicar en el jardín le gustaba a Tess ponerse a silbar por las mañanas frente a las jaulas. Sin el freno que suponía la presencia del joven, aflautaba la boca, pegaba los labios a los barrotes y silbaba con gracioso desenfado al atento auditorio.


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