Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Dormía la señora d’Urberville en un gran lecho con cuatro postes y pesadas cortinas de damasco, y en su misma habitación tenía alojados a los pinzones, que a ciertas horas volaban por ella libremente, no sin dejar salpicados de diminutas motas blancas los muebles y tapices. Una vez que se hallaba Tess junto a la ventana donde estaban colgadas las jaulas dándoles a los pájaros su habitual lección, creyó oír un ruidillo por detrás del lecho. No estaba presente a la sazón la anciana, y la joven, dando media vuelta, creyó distinguir las puntas de un par de botas asomando por debajo del fleco de las cortinas, lo cual la azoró de tal modo que el oyente, si lo había, debió conocer su turbación en su manera de silbar. Desde aquel día ya todas las mañanas registró Tess las cortinas, aunque nunca halló a nadie detrás de ellas. Alec d’Urberville, sin duda, lo había pensado mejor decidiendo no volver a asustarla con semejantes emboscadas.








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