Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—Ahora coge esta cesta y vete con ella a Marlott a la posada de La Gota Pura y di que me manden enseguidita un caballo y un coche para que me lleven a casa. Y que pongan en el fondo del coche una botella de ron y me lo apunten en la cuenta. Luego llevas la cesta a mi casa y se la das a mi mujer y le dices que se deje de lavar ropa porque no le hará falta y que espere, que allá voy, que tengo que darle noticias.

Como el muchacho permaneciese en actitud perpleja, se llevó Durbeyfield la mano al bolsillo y sacando uno de los crónicamente pocos chelines que poseía:

—Toma, para ti.

Esto hizo que el muchacho apreciara de modo muy distinto la situación.

—Bueno, sir John. Muchas gracias, sir John. ¿Quiere usted algo más, sir John?

—Sí, hombre; di en casa que quiero que me pongan para cenar… cordero frito, si lo encuentran; y si no, morcilla…, y si tampoco dan con ella…, embuchado…

—Está muy bien, sir John.

Cogió el muchacho la cesta, y al emprender la caminata se oyeron las notas de una banda de música por la parte del pueblo.

—¡Qué es eso! —exclamó Durbeyfield—. ¿Será por mí?


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