Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Y lo era en efecto. La pobre abuela de Car sentía debilidad por ese dulce manjar. Tenía colmenas que le daban cuanta miel pudiera desear, pero a ella lo que le gustaba era la melaza, y Car había querido darle una sorpresa llevándosela. La muchacha se apresuró a descargar el cesto, comprobando que el frasco de la melaza se le había roto. Hubo entonces una carcajada general, provocada por el curioso aspecto que ofrecía la espalda de Car, que irritó a la reina morena haciéndola quitarse esa fealdad por el medio más rápido, e independientemente de la voluntad de los burlones. Tirándose furiosa en el suelo de la finca que iban a cruzar y restregando desesperadamente la espalda contra la hierba, comenzó a limpiarse el traje como pudo, arrastrándose por el césped con los codos.
Arreciaron todavía más las risas; unos se colgaban del portón, otros se subían a la cerca y los demás contemplaban el espectáculo, apoyados en sus garrotes, en la debilidad producida por sus convulsiones ante el espectáculo de Car. Nuestra heroína, que hasta entonces conservara su seriedad, se unió al fin a los demás.