Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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No obtuvo respuesta. Era tan grande la oscuridad que apenas si pudo ver otra cosa que una pálida nebulosidad a sus pies, la blanca figura envuelta en muselina que dejara sobre las hojas secas. Todo lo demás eran negruras. Se inclinó d’Urberville y oyó una respiración regular y acompasada. Se arrodilló e inclinó más su cabeza, hasta que el aliento de la moza le dio en la cara apresurándose entonces a poner su mejilla en contacto con la de Tess. Ésta dormía profundamente y en sus pestañas brillaban lágrimas.

Reinaban en torno oscuridad y silencio. Sobre ellos se alzaban los antiguos tejos y robles del Chase, en cuyas copas descansaban dulcemente los pájaros en su último sueño. En derredor saltaban asustados conejos y liebres. Pero —dirá alguno—, ¿dónde estaba el ángel custodio de Tess? ¿Dónde la providencia de su inocente fe? Tal vez, como aquel otro dios de que hablaba irónicamente Elias el Tisbita[35], estaría charlando, o haciendo alguna cosa, o de viaje, o durmiendo y no lo podían despertar.






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