Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville ¿Cómo era que sobre tan bello tejido femenino, sutil como la gasa y tan blanco como la misma nieve, iba a trazarse una forma tan tosca como la que estaba destinado a recibir? ¿Por qué ha de ser tan frecuente que corresponda así lo más grosero a lo más delicado, el hombre malo a la mujer buena, y al hombre bueno la hembra mala? Muchos miles de años de análisis filosófico han fracasado en el intento de explicar nuestro sentido del orden. Podría, ciertamente, admitirse que en el fondo del presente desastre se vislumbrara la posibilidad de una compensación. Es casi seguro también que alguno de los antepasados de Tess d’Urberville al volver medio chispa de una juerga hubiera tratado del mismo modo, y quizá con menos delicadeza todavía, a las mocitas aldeanas de su tiempo. Mas hágase cuenta que si a los dioses puede parecerle sana moral esa de hacer recaer sobre los hijos los pecados de los padres[36], la mezquina naturaleza humana no admite ese principio, que, por lo tanto, no resuelve la cuestión.
La gente de la clase social de Tess no se cansa, allá en sus profundas moradas, de proclamarse fatalista, saliendo a todo con aquello de «Tenía que ser así», y esto es lo más triste. Un abismo social insondable iba a abrirse entre la personalidad ulterior de nuestra heroína y aquella otra anterior con que traspuso la puerta del hogar paterno para ir a probar fortuna en la granja avícola de Trantridge.