Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Esta feraz y escondida campiña, donde las tierras no toman nunca tonos pardos ni son nunca secas las primaveras, la cierra al sur el prominente acantilado calizo que comprende las alturas de Hambledon Hill, Bulbarrow, Nettle-combe-Tout, Dogbury, High Stoy y Bubb Down. El viajero procedente de la costa que, después de caminar penosamente hacia el norte una treintena de kilómetros, por dunas calcáreas y tierras de cereales, alcanza de pronto el filo de uno de aquellos escarpados, se sorprende y se deleita al contemplar, tendida a sus pies cual un mapa, una comarca absolutamente distinta de las que acaba de cruzar. A sus espaldas se abren los montes, brilla el sol sobre campos tan amplios que el panorama adquiere un carácter de infinitud; son blancos los caminos, bajos y encharcados los setos e incolora la atmósfera. Aquí, en cambio, en el valle, parece ajustado todo a una escala más pequeña y delicada; son meras parcelas, tan reducidas que, desde lo alto, los árboles de los linderos semejan una red de hilos verde oscuro, tendida sobre el verde más pálido de la hierba.