Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡Ay, madre, madre! —exclamó la muchacha, acongojada, volviéndose ansiosamente hacia su madre, cual si estuviera a punto de partÃrsele el corazón—. ¿Qué iba a saber yo de estas cosas? Era sólo una niña cuando salà de esta casa hace cuatro meses. ¿Por qué no me dijiste que se corrÃa peligro entre los hombres? ¿Por qué no me previniste? Algunas señoras saben defenderse porque leen novelas que les hablan de estas cosas, pero yo nunca tuve ocasión de aprender de ese modo y tú no me lo enseñaste.
La madre estaba anonadada.
—Yo pensé que si te prevenÃa de la afición que demostraba y lo que de ella podÃa resultar tendrÃas vergüenza de él y dejarÃas pasar la ocasión —murmuró enjugándose los ojos con el delantal—, pero, en fin, hay que tomar las cosas según vienen. Después de todo, peor hubiera podido salir la cosa. ¡Sea lo que Dios quiera!