Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville El dormitorio que compartía con algunos de sus hermanitos fue desde entonces su lugar de refugio definitivo. Allí, bajo los pocos metros cuadrados de bálago, contemplaba la joven los vientos, las nieves y lluvias, los espléndidos ocasos y los sucesivos plenilunios. Fue tal su retraimiento que todos concluyeron por creer que se había ido del pueblo.
Únicamente después de anochecido hacía Tess algún ejercicio, sintiéndose entonces menos sola en las arboledas solitarias. Conocía perfectamente ese momento de la tarde en que la luz y la sombra se contraponen de tal suerte en tan absoluto equilibrio que, neutralizándose mutuamente la extinción del día y el paréntesis vital de la noche, queda la mente en la más libre holgura. Es entonces cuando el dolor que supone la vida se adelgaza hasta el mínimo de sus dimensiones. No temía Tess a las sombras; su único anhelo consistía en verse lejos de la humanidad, o, por mejor decir, de ese frío conglomerado que se llama mundo, y que, tan terrible en conjunto, resulta tan insignificante y mezquino si se le descompone en sus unidades.