Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Iban entrando los feligreses de dos en dos y de tres en tres, y colocándose en fila delante de Tess permanecían tres cuartos de minuto con la cabeza baja como si rezaran, aunque no había tal cosa, hasta que por fin se sentaban y esparcían la vista alrededor. Al empezar los cánticos notó la joven con satisfacción que habían elegido uno de los que más le gustaban. Era el antiguo cántico Langdon[40], aunque no sabía ella cómo se llamase, a pesar de que le hubiera gustado muchísimo saberlo. Reflexionó la joven, aunque sin formular bien su pensamiento, en lo raro y divino del poder de un compositor que desde el sepulcro podía despertar emociones eternas, que él sintiera por primera vez, en una muchacha como ella, que jamás había oído su nombre ni siquiera lo más mínimo acerca de su persona.
Los que habían vuelto la cabeza al principio la volvieron de nuevo al avanzar el servicio, y al advertir la presencia de Tess se pusieron a cuchichear entre sí. Sabía la joven lo que querían decir tales murmullos y sintió amargo pesar, comprendiendo que no podría en adelante ir más a la iglesia.