Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Pero esta idea que se hacía de sí misma, basada en jirones de convencionalismo social que poblaban su fantasía de espectros y voces hostiles, era una lamentable y errónea creación de la imaginación de Tess, una nube de fantasmas morales que sin razón alguna le aterraba. Los demás eran los que estaban fuera de la armonía del mundo real y no ella. Cuando caminaba la joven por entre los dormidos pajarillos de los setos, o veía saltar a los conejos en el claro de luna, o se paraba a mirar el nido de un faisán, se consideraba la intrusa como una figura de culpa en los dominios de la inocencia. Pero con ello establecía distingos donde no los había. Sintiéndose en oposición con la naturaleza, estaba en realidad de completo acuerdo con ella. Se había visto obligada a infringir una ley social aceptada, pero que ni siquiera era conocida en aquel ambiente en que ella se figuraba constituir tal anomalía.