Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —No, hija mÃa, no puedo.
—¡Se lo ruego! —Y Tess le cogió la mano.
El pastor la retiró, moviendo la cabeza.
—¡Pues entonces ya no quiero nada con usted! —exclamó ella—. ¡No volveré a poner los pies en su iglesia!
—No hable tan irreflexivamente.
—¿Será lo mismo si no le entierra usted en lugar sagrado? ¿Dará igual? Por Dios, no me hable como el santo al pecador, sino como un ser humano a otro ser humano. ¡Pobre de mÃ!
DifÃcil serÃa explicar —aunque lo disculpase—, para un hombre de facultades mediocres, cómo pudo conciliar el pastor su respuesta con las estrictas nociones que creÃa poseer acerca de estas materias. Algo conmovido, exclamó:
—¡Será lo mismo!