Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Aquella noche fue llevado el niño al cementerio en una caja de pino bajo el chai de una vieja y fue enterrado por el sacristán a la luz de una linterna, a cambio de un chelín y una pinta de cerveza, en aquel rincón del camposanto donde dejan crecer las ortigas y al cual arrojan a los niños sin bautizar, a los borrachos, a los suicidas y demás presuntos condenados. A pesar de lo siniestro de aquel paraje, hizo Tess, animosa, una crucecita con dos palos y un trozo de cuerda, y, adornándola con unas flores, la hincó a la cabecera de la tumba una tarde que pudo entrar sin que la vieran, poniendo además a los pies un ramo de flores en un tarro con agua para que se mantuviesen frescas. ¿Qué importa que en la parte de afuera del tarro se leyera esta inscripción: Mermelada Keelwell? Los ojos del afecto maternal, puestos en cosas más altas, no repararon en aquel detalle.