Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Pero es tal la flaqueza del ser humano, que uno de los pormenores que más le interesaban en la nueva residencia era la circunstancia de hallarse próxima a la comarca de sus antepasados —porque se ha de hacer cuenta que éstos no eran de Blakemore, aunque su madre lo fuera hasta los tuétanos—. La lechería de Talbothays, a cuyo servicio iba a entrar, no estaba lejos de algunos de los feudos de los d’Urberville, y se hallaba cerca, por lo tanto, de los panteones de los próceres de la familia. De suerte que podría ir ella a verlos y ponerse allí a pensar, no sólo que los d’Urberville habían caído, como Babilonia[46], sino también en que lo mismo que ellos podía desvanecerse, tan calladamente, la inocencia de una pobre descendiente suya. Se preguntaba, además, la joven si no le vendría acaso algo bueno por vivir en la tierra de sus mayores, y un chorro de optimismo brotó en su pecho como la savia que anima la rama. Era la juventud, no extinguida, que surgía de nuevo, después de haber estado temporalmente cohibida, trayendo consigo la esperanza y el ansia invencible de íntimos goces.






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