Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Al contemplar a vista de pájaro semejante perspectiva, no le pareció de belleza tan exuberante como aquella otra que tan a fondo conocÃa, aunque hubo de reconocer que era más vistosa y más llena de vida. Le faltaba la atmósfera intensamente azul del valle rival y sus fuertes y penetrantes aromas; el aire era allà claro, diáfano, etéreo. El rÃo mismo que nutrÃa la hierba y las vacas de aquellas famosas lecherÃas no corrÃa como las aguas de los riachuelos de Blackmoor. DiscurrÃan éstas lentas y silenciosas, y turbias con frecuencia, por fluir sobre lechos de fango, en que podÃa sumergirse y desaparecer de pronto el incauto vadeador. Las aguas del rÃo Froom eran claras como el puro rÃo de la vida que viera el Evangelista[48], raudas como la sombra de una nube, y corrÃan por entre vados guijarrosos que charloteaban al cielo todo el dÃa. Allà crecÃa el lirio, aquà el botón de oro.
Ya de por sà el cambio de un aire pesado a otro más ligero, o la sensación de hallarse en un ambiente nuevo, donde no habÃa miradas envidiosas que en ella se posasen, le levantaron extraordinariamente a Tess el ánimo. Sus esperanzas se mezclaron con el resplandor solar en una fotoesfera ideal que la circundaba de un nimbo, en tanto caminaba de cara a la tibia brisa del sur. OÃa una grata voz en cada ráfaga y en cada nota del trinar de las aves parecÃa ocultarse un goce.