Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville A las vacas menos dóciles las llevaban a los establos. A las otras las ordeñaban en el centro del patio, donde las de mejor comportamiento esperaban su turno, siendo todas ellas unas vacas magníficas y de mucha leche, como rara vez se veían fuera del valle y hasta dentro de él, cebadas con el pasto suculento que las regadas praderas ofrecían en aquella feraz época del año. Las que tenían pintas blancas en la piel reflejaban los deslumbrantes rayos del sol, y los pulidos agarraderos de latón de sus cuernos brillaban con algo de ostentación militar. Sus ubres, surcadas de anchas venas, colgaban pesadas como bolsas de arena, saliendo de ellas los pezones cual las patas de un caldero de gitano; y al avanzar, cuando les llegaba su turno, ya les rezumaba la leche, vertiendo gotas en el suelo.