Tess de D'Urberville

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—En cuanto a eso último —replicó Crick con aire de duda, como si las condiciones anatómicas pudieran cortarle los vuelos a la superstición—, no sé qué decir; verdaderamente no lo sé. Pero como a las mochas se les va lo mismo la leche que a las cornudas, no paso a creerlo. Oiga usted, Jonathan, a ver qué me responde. ¿Por qué las mochas dan menos leche al año que las cornudas?

—¡Yo no lo sé! —replicó el mozo—. ¿Por qué, señor Crick?

—Pues porque son menos que las cornudas —dijo el lechero—, pero el caso es que estas condenadas dan hoy poca leche. Muchachas, a ver si me echáis unas coplitas y así se animan.

En las lecherías de aquella comarca se apelaba a ciertas canciones para animar a las vacas cuando daban poca leche, y los ordeñadores entonaban con fines puramente profesionales unas tonadillas que, efectivamente, al menos, según ellos, aumentaban el rendimiento de los animales. Después de haber cantado unas catorce o quince estrofas de una alegre canción, referente al miedo que cierto asesino tenía a acostarse a oscuras por ver en torno a sí llamaradas de azufre, dijo uno de los mozos:

—Lo malo es que no hay quien pueda cantar así agachado. Ya podía usted traer su arpa, señor, aunque un violín sería mejor.


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