Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Una vez que Tess se hubo sentado junto a su vaca se hizo el silencio, de suerte que podía oírse con toda claridad el ruido que hacían los chorros de leche al caer en las numerosas colodras, no interrumpido sino por el mugido de alguna vaca que se quejaba o pedía que la dejasen en paz. No se advertían otros movimientos que el subir y bajar de las manos de los ordeñadores y el bambolearse de las colas de las vacas. Así que todos trabajaban en aquella amplia llanura de césped que se extendía por ambas laderas del valle —una hondonada compuesta de viejos paisajes ya olvidados y muy distintos, sin duda, al que ahora formaban.

—Me parece —dijo el granjero, levantándose de pronto de debajo de la vaca que acababa de ordeñar, tomando en una mano su trípode y en la otra la colodra, y dirigiéndose a la vaca más cercana— que las vacas no dan hoy la leche como de costumbre. Para mí, que como la bisoja siga echándose atrás así, al llegar el verano no va a valer la pena ordeñarla.

—Eso será porque ha venido una mano nueva —dijo Jonathan Kail—. Más de una vez he visto ocurrir así.

—Puede que sea por eso. No lo había notado.

—Yo he oído decir que cuando pasa eso se les sube la leche a los cuernos.


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