Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Entonces pudo Tess contemplarlo de pies a cabeza. Llevaba la camisa corriente entre los mozos de lechería y polainas de cuero como las que se usan para ordeñar, y tenía las botas embarradas con el estiércol del tinado, pero a esto se reducía cuanto había en su persona de típico y local, adivinándose bajo aquella indumentaria un no sé qué que revelaba educación, reserva y nobleza, algo sutil y triste que le distinguía de cuanto le rodeaba.
Mas hubo otra cosa que apartó la atención de Tess de aquellos pormenores, y fue el descubrir que no le era desconocida su persona. Tantas vicisitudes había pasado la joven desde aquel tiempo que le costó trabajo recordar que aquel sujeto era el forastero de marras que había estado una ya lejana tarde en Marlott —el desconocido transeúnte que, llegado no se sabía de dónde, estuvo bailando con las otras mozas, sin reparar en ella, y siguió después su camino con sus compañeros.