Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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A todo esto, las mozas comentaban entre sí la hermosura de Tess, reconociéndola sin ambages, aunque con la secreta esperanza de que los hombres presentes no pensarían así, lo que, a decir verdad, no hubiera sido raro, pues no era la hermosura lo que primero llamaba la atención en la joven. Acabado el ordeño de la tarde pasaron al interior de la casa, donde la señora Crick, que se respetaba a sí misma demasiado para ponerse a ordeñar y gastaba un vestido de paño oscuro, sin dibujos, por llevarlo rameado las mozas en el verano, andaba disponiendo las tinas y demás enseres.

Sólo dos o tres chicas de la vaquería se quedaban allí a dormir, pues la mayoría se iba a hacerlo a sus casas, según le dijeron a Tess. Ésta no volvió a ver durante la cena al distinguido ordeñador que había comentado el cuento, pero no preguntó por él, dedicando el resto de la velada a arreglar su parte del dormitorio. Se trataba de una amplia habitación en el piso alto de la lechería, de unos nueve metros de largo; los catres de las otras tres mozas que dormían en la vaquería estaban en el mismo aposento. Eran las tales mozas muy lozanas, y todas, excepto una, le llevaban años a Tess. Ésta estaba tan cansada, que al poco de acostarse se quedó dormida.



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