Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Hay que reconocer que, con gran sorpresa de su parte, halló un verdadero deleite en aquel trato con los mozos y mozas de la vaquerÃa. El tipo de campesino que el joven se forjara allá en su fantasÃa —personificado en el lamentable maniquà conocido como Hodge[56]— desapareció al cabo de pocos dÃas de residencia. Al intimar con él pudo convencerse de que carecÃa de dicha zafiedad. Cierto que a lo primero, cuando todavÃa estaba reciente en la memoria de Clare el recuerdo de la clase social con la que hasta entonces se tratara, de los amigos que acababa de dejar, le pareció un tanto rara la compañÃa de sus actuales camaradas. Se le antojaba poco digno sentarse a la mesa como uno de tantos. Encontró primitivas y faltas de carácter aquellas ideas, modas y costumbres. Pero según fueron pasando los dÃas fue percatándose el joven de un aspecto nuevo, en que hasta entonces no habÃa reparado. Sin ningún cambio sensible, la variedad habÃa reemplazado a la monotonÃa. Los dueños de la vaquerÃa, lo mismo que sus mozos, empezaron a revelársele con caracteres diferenciales, como en un proceso quÃmico, según los fue conociendo más Ãntimamente. De suerte que hubo de venÃrsele a la memoria aquella sentencia de Pascal: «A mesure qu’on a plus d’esprit, on trouve qu’il y a plus d’hommes originaux. Les gens du commun ne trouvent pas de différence entre les hommes[57]». El tipo aquel del palurdo se borró de la mente de Clare. Y se integró en una muchedumbre de criaturas, de seres de mentalidad diversa y tan diferentes los unos a los otros, que más no podÃa ser; felices los unos, otros descontentadizos, otros apáticos, no pocos rayanos en lo genial, algunos necios de remate, otros licenciosos y otros austeros; pensativos los unos como Milton, semejantes los otros a Cromwells en potencia[58]; con opiniones particulares cada cual acerca de los otros, como las que él tenÃa acerca de sus amigos y conocidos; aplaudiéndose o censurándose mutuamente, y experimentando risa o pena al contemplar las flaquezas y vicios de sus semejantes; hombres, en fin, todos ellos que iban por su senda individual hacia el camino de la polvorienta muerte[59].