Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Tenía por aposento un inmenso desván que cogía el área entera de la lechería y al que sólo daba acceso una escalera que arrancaba de la quesería, desván que había estado cerrado mucho tiempo hasta que Ángel lo eligió como habitación. Disponía allí el joven de espacio sobrado, y con frecuencia se le oía pasear de un extremo al otro cuando los demás moradores de la casa se habían entregado ya al descanso. Dividía el aposento una cortina tras de la cual se hallaba la cama, quedando el resto dedicado a gabinete amueblado con bastante comodidad.
Al principio apenas salía el joven de su habitación, donde se pasaba el tiempo leyendo o tañendo un arpa vieja adquirida en una subasta, para si —pensaba Ángel— se veía apurado algún día, tener con qué ganarse la vida tocándola por las calles. Pero al cabo de algún tiempo decidió el joven dedicarse a leer, no en los libros, sino en la naturaleza humana, comiendo desde entonces abajo con el granjero y su mujer y con los mozos de ambos sexos que constituían grata concurrencia, pues aunque eran pocos los operarios que dormían en la casa, eran muchos los que se sentaban a la mesa. A medida que fue Clare acostumbrándose a aquella compañía, menos molesto se le fue haciendo su trato, encontrándole gusto a aquello de compartir su vida con los demás.