Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Eran todavía las mañanas lo bastante frescas para que resultara agradable el calor de la lumbre en la amplia cocina en que desayunaban, y por iniciativa de la señora Crick, que consideraba a su huésped harto distinguido para que se sentara a su mesa, acostumbraba Ángel Clare a comer en el rincón de la chimenea, donde le colocaban el servicio en una mesita plegable. La luz de la grande y ancha ventana partida del muro frontero llegaba refulgente hasta aquel rincón, y combinada con otra más débil de un frío matiz azulado que bajaba por la chimenea, le permitía al joven leer cómodamente siempre que quería. Entre Clare y la ventana estaba la mesa grande a la que se sentaban sus camaradas, cuyos perfiles, movidos por el continuo masticar, se proyectaban en el testero opuesto; y al otro lado estaba la puerta de la lechería por la cual podían verse las hileras de cangilones rectangulares, llenos hasta los bordes de la leche de la mañana. En último término alcanzaba la vista las revoluciones de la mantequera, pudiendo oírse también el oleaje interior, mientras que la fuerza motriz se hacía visible por la ventana en forma de un pobre jamelgo desmirriado que daba vueltas en círculo conducido por un muchachito.




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