Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Ya habían pasado varios días desde la llegada de Tess, y Clare, absorto siempre en la lectura de un libro, un periódico o una pieza de música recién llegada en el correo, no había reparado todavía en su presencia. Hablaba tan poco la muchacha y tanto sus compañeras, que no advirtió en el rumor musical la intervención de una nota nueva, pues se ha de tener en cuenta además que Ángel desdeñaba los pormenores de toda escena exterior, ateniéndose tan sólo al conjunto. Sin embargo, cierto día que había estado leyendo una pieza musical y oyendo mentalmente su armonía por un exceso de imaginación, se quedó un instante suspenso, dejando caer la partitura, que fue a parar al hogar. Miró Ángel los leños, cuya única llama bailoteaba en lo alto de una danza agónica, después de haber ayudado a la cocción de los manjares del almuerzo, y parecía seguir la cadencia que él oía en su interior; alzó la vista a los dos ganchos colgantes de la chimenea, empenachados de hollín que se hubiera dicho temblaban al compás de la misma melodía, y, por último, a la medio consumida olla que semejaba marcar el acompañamiento. Y combinándose el rumor de la conversación de la mesa con su fantasmagoría orquestal, hubo de pensar el joven: «¡Qué voz tan aflautada tiene una de esas chicas! ¡Debe de ser la nueva!».

Y Clare volvió la vista en su busca, sentada entre las demás.


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