Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Tess no le miraba en aquel momento. Y la verdad, su habitual silencio era causa de que casi se olvidase la presencia de Ãngel.
—Yo no sé nada de fantasmas —estaba diciendo a la sazón Tess—, pero lo que sà sé es que nuestras almas pueden abandonar los cuerpos en vida.
Se volvió a ella el lechero con la boca llena y con ojos de curiosidad, teniendo en una mano el tenedor y en la otra el cuchillo (allà se almorzaba de firme) muy tiesos sobre la mesa, como postes para una horca.
—¿Pero cómo? ¿Es posible que sea asÃ, muchacha? —exclamó.
—Ya lo creo. ¡Como que es muy fácil sentir cómo sale, el alma! —continuó Tess—. No hay más que tenderse por la noche en el campo y mirar fijamente a cualquier lucero, y si lo hace usted asà un ratito notará que su alma está a cientos y cientos de miles de leguas de su cuerpo y le parecerá como si éste no le hiciera la menor falta.
Apartó el ganadero su insistente mirada de la cara de Tess y la fijó en la de su mujer.