Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡Qué cosa más rara, verdad, Christianner! ¡Y pensar las leguas que yo habré recorrido en estos últimos treinta años, de noche y con estrellas, cortejando a una mujer, traficando o buscando al médico o al ama, sin haber sospechado siquiera que pudiera ocurrir tal cosa ni sentir que el alma se me saliera ni un centímetro del cuello de la camisa!
Concentrada en Tess la atención general, incluso la de Ángel, se ruborizó ella, y diciendo únicamente que todo había sido una ocurrencia, continuó su desayuno.
Siguió observándola Clare. No tardó Tess en dejar de comer, y percatándose de que Clare la estaba mirando, se puso a trazar figuras imaginarias con el índice sobre el mantel, con el aire cohibido de un animalillo doméstico que siente que le observan.
«¡Qué hija de la naturaleza tan virginal y lozana es esta lechera!», pensó Clare.