Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville De igual modo que sus compañeros, no tardó en descubrir Tess cuáles eran las vacas que sentían preferencia por su manera de trabajar, y como tenía muy finos los dedos por la constante reclusión en que viviera los últimos tres años, de muy buena gana hubiera contrariado las miras del lechero sobre el particular. De las noventa y cinco vacas había especialmente ocho —Gordilla, Capricho, Orgullosa, Neblina, La Vieja, Niña Bonita, Pulida y Escandalosa— que, por más que dos o tres de ellas tenían las tetas duras como zanahorias, se le rendían a Tess con tal docilidad que la faena con ellas resultaba tan fácil como una simple caricia. Pero conociendo Tess el deseo del amo, procuraba lealmente atender a los animales conforme iban acudiendo al ordeño, exceptuando a las vacas más recias, con las cuales no podía habérselas.
Mas no tardó en advertir una curiosa coincidencia entre la llegada aparentemente casual de las vacas y sus propias preferencias sobre el particular, hasta que se percató, finalmente, de que el orden en que llegaban al establo no podía ser fortuito. El aprendiz de ganadero había puesto mano últimamente en la recogida de las vacas, y a la quinta o sexta vez, al tiempo que apoyaba la cabeza en la vaca le preguntó con ojos chispeantes de interrogadora curiosidad:
—Señor Clare, ¿ha sido usted quien ha ordenado las vacas, verdad?