Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Al decir esto se ruborizó Tess, y una leve sonrisa le frunció el labio superior, dejando entrever la blancura de sus dientes, aunque no afectando lo más mínimo a la severa inmovilidad del labio inferior.
—Sí —repuso el joven—, pero es igual. Siempre estará usted aquí para ordeñarlas.
—¿Lo cree usted? Yo así lo espero. Pero no lo sé.
Sintió después la joven gran enojo consigo misma, pensando que Ángel, ignorante de las graves razones que ella tenía para apetecer aquel retiro, podía darle un sentido equivocado a sus palabras. Había puesto tal ardor en ellas como si la presencia de él fuera de algún modo un factor en sus deseos. Y fue tal su preocupación que al oscurecer, una vez terminado el ordeño, se quedó paseando ella sola por el jardín, deplorando haberle dejado entrever a Clare que había notado la distinción de que la hacía objeto.
Era aquél un anochecer típico de junio. Estaba la atmósfera en tan delicado y comunicativo equilibrio que los objetos inanimados parecían dotados de dos, tres y hasta cinco sentidos. No había solución de continuidad entre lo cercano y lo remoto, siendo fácil sentirse en contacto con cuanto abarcaba el horizonte. El silencio impresionaba a Tess, como si se hubiera tratado de una entidad positiva y no de la mera negación del ruido. Lo rompió un tañer de cuerdas.