Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Se encontraban de continuo ambos jóvenes sin que pudieran evitarlo. Se encontraban diariamente en ese solemne intervalo del crepúsculo matutino, en la alborada rosada y violeta, porque la gente de la vaquería se levantaba temprano, muy temprano. El ordeño se hacía muy de mañana, y antes de eso el desnatado, que comenzaba poco después de las tres de la madrugada. Por lo general, algún mozo se encargaba de despertar a los demás, dejando preparado por la noche el reloj despertador para que lo sacara a él de su sueño; y siendo Tess la más nueva en la casa y constándoles a los otros que en oyendo el reloj ya no volvía a dormirse, como hacían otros, solían encargarla a ella de despertarlos a todos. No bien repiqueteaba el reloj las tres, salía Tess de su dormitorio y se dirigía a la puerta del cuarto del amo; luego subía y llamaba a Ángel con prolongado cuchicheo, y por último iba a despertar a sus compañeras. Cuando Tess estaba ya vestida, bajaba Clare las escaleras y salía al aire fresco. Las demás mozas y el lechero acostumbraban a descabezar un poco más el sueño y no daban acuerdo de sus personas hasta un cuarto de hora después.