Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Los medios tonos grises del alba no son idénticos a los del anochecer, por más que su punto de sombra sea el mismo. En el crepúsculo matutino parece activa la luz y pasiva la sombra, mientras que en el vespertino es la sombra la que actúa viva y creciente y la luz la que se adormece y rinde.

Como solían ser Tess y Clare los que antes se levantaban en la vaquería —posiblemente no siempre por casualidad—, les parecía que eran las primeras criaturas que amanecían en el mundo. En aquellos primeros días de su estancia en la vaquería no desnataba Tess, sino que salía fuera, inmediatamente después de levantarse, cuando ya estaba él esperando. La acuosa luz espectral, mal integrada aún por sus irradiaciones elementales, que invadía la despejada pradera, les impresionaba con una sensación de soledad absoluta, como si fuesen Adán y Eva. En aquella etapa incipiente y confusa del día le parecía a Clare que subía de punto la dignidad moral y material de Tess, hasta convertirse la joven poco menos que en un poder reinante, lo que quizá fuera debido a saber Ángel que en aquella hora tan fuera de lo corriente apenas si había mujer alguna tan bien dotada en su persona que se paseara al aire libre por entre los confines de su horizonte; unas cuantas, a lo sumo, en toda Inglaterra. Las mujeres hermosas no suelen madrugar en las mañanitas de verano. Además Tess estaba junto a él, y las demás en ninguna parte.


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