Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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La indecisa penumbra luminosa que ambos atravesaban en dirección al lugar en que estaban las vacas le hacía pensar con frecuencia a Ángel en la hora de la Resurrección. Lo que menos pensaba el joven, sin embargo, era que tuviese a su lado a la Magdalena[66]. Mientras que todo el paisaje estaba aún en sombras, la cara de su amiga, con el foco de sus ojos descollando sobre las brumas matinales, parecía tener una suerte de fosforescencia. El joven la miraba como a un ser fantástico, como si sólo fuera un espíritu desencarnado. En realidad, su rostro, sin ella proponérselo, había ido tomando el frío resplandor de la aurora, y la cara del mozo, sin advertirlo él, le sugería a Tess análoga impresión.

Era en esa hora, según ya dijimos, cuando más profunda impresión hacía Tess en el joven. No era ya la moza de la vaquería, sino una esencia visionaria de mujer, el sexo todo condensado en una forma representativa. La llamaba él Artemisa, Deméter[67] y demás nombres por el estilo por embromarla, pero a ella no le gustaban estos nombres por no saber lo que significaban.

—Llámeme usted Tess —decía la joven mirándole de reojo, y él la complacía.

A medida que iba avanzando el día las facciones de Tess se iban volviendo sencillamente femeninas; se humanizaban los rasgos de la diosa, traspasándose su gloria a los de un ser que la ambicionaba.


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