Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville En aquellas horas ultrahumanas se acercaban al abrevadero. Llegaban las grullas con su atrevido y ruidoso aletear, que hacía pensar en puertas que se abriesen desde la umbría en que solían congregarse en un lado de la pradera, antes que nuestros jóvenes, pero algunas veces estaban ya allí y, lejos de irse, permanecían audaces sobre el agua mientras pasaba la pareja, moviendo las cabezas en un giro pausado e indiferente, como el de los muñecos de un reloj.
Entonces se veía la tenue bruma estival en capas superpuestas, algodonosas, planas, y al parecer finas como cristales, tendidas sobre el prado en leves y desgarrados jirones. Sobre la gris humedad de la hierba se veía dónde yacían las vacas durante la noche: islas verde oscuro de hierba seca del tamaño de sus cuerpos en aquel mar de rocío. De cada isla arrancaba un rastro serpenteante, por el que la vaca, después de levantarse, se encaminara al lugar de los pastos, encontrándola Ángel y Tess al final de esa pista. El fuerte resoplido que daba el animal al verlos venir levantaba una nubécula más intensa dentro de aquella niebla que todo lo envolvía. Luego conducían entre los dos los animales al tinado o se sentaban a ordeñarlos allí mismo, según las circunstancias.