Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Otras veces se hacía más general la niebla de verano, presentando los prados a la vista el aspecto de un mar blanco, en el que descollaban los árboles cual peligrosos arrecifes. Por ese mar bogaban los pájaros, suspendidos de la radiante capa superior, se soleaban colgados de sus alas o se posaban en las cercas divisorias del prado, que brillaban a la sazón como si fueran de cristal. Infinitesimales diamantes líquidos colgaban también de las pestañas de Tess o cubrían sus cabellos a modo de aljófar. Cuando el día se hacía más fuerte y vulgar, se le secaban encima, y Tess perdía entonces el prestigio de su extraña belleza etérea; sus labios, dientes y ojos fulguraban heridos del sol, y volvían a convertirse la joven en la hermosa y sugestiva lecherita que tenía que sostener la competencia con las demás mujeres.
En tal momento oían los jóvenes la voz de Crick, que ya andaba regañando a las mozas que no dormían en la casa por llegar tarde, y echándole un rapapolvo a la vieja Deborah Fyander por no lavarse las manos.
—¡Por lo que más quieras, Deb, arrima las manos a la bomba! A fe mía que si los señores de Londres te conocieran y supieran lo sucia que eres, no habrían de andar con pocos remilgos para apechugar con la leche y la manteca que tú manipulas… ¡Demonio de mujer!