Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —SÃ, sÃ…, recuerdo que nos ocurrió esto mismo, pero en aquella ocasión no andaba el amor en el ajo. Fueron los desperfectos que le hicieron a la mantequera. —Y volviéndose a Clare añadió—: Jack Dollop, un pájaro de cuenta que tuvimos aquà una vez, estuvo haciéndole la corte a una chica de Mellstock, y engañó a la pobre, lo mismo que a otras muchas. Sólo que aquella vez tuvo que habérselas con otra mujer que no era la misma muchacha. Un Jueves Santo, nada menos, estábamos aquà como ahora, aunque sin hacer manteca, cuando vimos entrar por esa puerta a la madre de la muchacha, con un paraguas de esos de armazón de latón que hay para romperle con él la crisma a cualquier mortal: «¿Dónde anda Jack Dollop, que tengo necesidad de hablarle unas palabras? Que salga, que tengo que ajustarle una cuenta». A todo esto la chica venÃa con la madre y habÃa roto a llorar a moco tendido… «¡Cielos, estoy perdido!», dijo Jack al ver por la ventana a las dos mujeres. «Entre las dos me van a matar. ¿Dónde me escondo?… ¡Ah, sÃ!… No le digan dónde me he metido, ¿eh?». Y el muy ladino se metió en la mantequera por la trampilla y se encerró allà dentro, cuando ya la madre de la chica se colaba por la lecherÃa como Pedro por su casa… «¿Dónde está ese canalla? ¿Dónde está?», gritaba la mujer. «¡Que voy a clavarle las uñas, que me lo traigan acá!». Y a todo esto busca que te busca por todas partes, sin dejar rincón ni rendija, y Jack con la manteca hasta el cuello, y la muchacha, o más bien la pobre mujer burlada, llorando a lágrima viva aquà en la puerta. No se me olvidará nunca. Sus lágrimas hubieran ablandado a un marmolillo… Mas no pudieron dar con el indino…