Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Mientras los oyentes reían comentando la anécdota se produjo un rápido movimiento a sus espaldas, que llamó a todos la atención. Era Tess que, muy pálida, se dirigía a la puerta.

—¡Qué calor hace hoy! —dijo con voz casi imperceptible.

Hacía calor, en efecto, y a nadie se le ocurrió pensar que su retirada tuviera relación con el cuento del ganadero. Éste se adelantó para abrirle la puerta y le dijo con cariñosa zumba:

—Vaya, doncellita guapa —que así solía llamarla con ironía inconsciente—, la lecherita más linda que en mi casa tengo, no hay que sofocarse tanto al primer aliento del verano, porque estoy viendo que en cuanto se eche encima la canícula nos vamos a quedar sin usted. ¿Verdad, señor Clare?

—Es que me dio un vahído… y… no me estará mal tomar un poco el aire… —dijo maquinalmente Tess, y salió.

Por suerte para ella, la mantequera dejó en aquel momento de hacer el ligero ruido líquido que hasta allí hiciera, cambiándolo por otro francamente pastoso.

—¡Ya está! —exclamó la señora Crick, y al punto todos apartaron el pensamiento de Tess para atender a la novedad.


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