Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Tess, la más apasionada de todas, también permanecía desvelada. La conversación que acababa de oír era otra de las píldoras amargas que tuvo que tragar aquel día. Y no era que sintiese celos, que estaba bien segura de ser la preferida. Mejor formada y educada y más mujer que todas ellas con ser la más joven, después de Retty, sabía de sobra que no necesitaba apelar a grandes recursos para disputarles a sus cándidas compañeras el corazón de Ángel. Pero la cuestión más grave era si debía hacerlo. Mirado con serenidad el asunto, ninguna de las mozas podía abrigar esperanza, pero una u otra tenía aún posibilidad de inspirarle al joven aunque sólo fuera un capricho pasajero, granjeándose así sus preferencias mientras estuviera en la casa. Tales relaciones habían conducido más de una vez al matrimonio, y Tess había oído decir a la mujer del vaquero que el señor Clare había dicho en cierta ocasión que para qué había él de casarse con una mujer distinguida, teniendo cuatro mil hectáreas de pastos que beneficiar en las colonias y mucho ganado que guiar y mucho grano que cosechar. La esposa que más le convenía era una moza aldeana. Pero todo eso estaba muy bien; sólo que, supuesto que Ángel hubiera hablado en serio, ¿a qué conducía que ella, que jamás podría permitir en conciencia que un hombre se casase con ella, habiendo hecho propósito de no caer nunca en la tentación de consentirlo, cautivara en perjuicio de otra mujer la atención del joven por el deleite fugaz de solearse en sus ojos mientras permaneciera en Talbothays?